Pro Francisco

“No nos cansemos nunca de pedir a Dios el don de la unidad”

“No nos cansemos nunca de pedir a Dios el don de la unidad”

(Jesús Bastante).- "Queridos hermanos y hermanas, no nos cansemos nunca de pedir a Dios el don de la unidad".
El Papa Francisco celebró esta tarde el rezo de vísperas, que sirve de
cierre a la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Y lo hizo
en San Pablo Extramuros, junto al metropolita Gennadios, y al representante anglicano, David Moxon. Los tres, junto al cardenal Koch, rezaron juntos ante la tumba del apóstol de los gentiles.


"Con la esperanza paciente y confiada de que el Padre concederá a todos los creyentes el bien de la plena comunión visible, sigamos adelante en nuestro camino de reconciliación y de diálogo,
animados por el testimonio heroico de tantos hermanos y hermanas que,
tanto ayer como hoy, están unidos en el sufrimiento por el nombre Jesús.
Aprovechemos todas las oportunidades que la Providencia nos ofrece para rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a los más pobres y abandonados", glosó el Papa, quien recordó el V Centenario de la reforma.


"El hecho de que hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos
un evento que ha dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza,
haciendo énfasis en Jesús y en su obra de reconciliación, es un hito
importante", apuntó.


En su homilía, el Papa recordó la caída de Pablo camino de Damasco,
su conversión radical a Cristo, que "no consiste ya en en confiar en sus
propias fuerzas para observar escrupulosamente la Ley, sino en la
adhesión total de sí mismo al amor gratuito e inmerecido de Dios, a
Jesucristo crucificado y resucitado".


Una conversión que impulsa al apóstol de los gentiles a salir a las
calles a proclamar el Evangelio. "Pablo no puede tener esta novedad sólo
para sí: la gracia lo empuja a proclamar la buena nueva del amor y de la reconciliación que Dios ofrece plenamente a la humanidad en Cristo", afirmó Bergoglio.


 



 


"Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia", es el llamado de
esta semana por la unidad. Una reconciliación que "no es simplemente una
iniciativa nuestra, sino que es ante todo la reconciliación que Dios
nos ofrece en Cristo". "Más que ser un esfuerzo humano de creyentes que
buscan superar sus divisiones, es un don gratuito de Dios", que invita a
quien lo recibe a "anunciar el evangelio de la reconciliación con palabras y obras, a vivir y dar testimonio de una existencia reconciliada".


Pero ¿cómo anunciar el evangelio de la reconciliación después de siglos de divisiones? "La reconciliación no puede darse sin sacrificio",
admitió el Papa, quien invitó a la "revolución cristiana de todos los
tiempos", que no es otra que "no vivir para nosotros mismos, para
nuestros intereses y beneficios personales, sino a imagen de Cristo, por
él y según él, con su amor y en su amor".


"Para la Iglesia, para cada confesión cristiana, es una invitación a no apoyarse en programas, cálculos y ventajas,
a no depender de las oportunidades y de las modas del momento, sino a
buscar el camino con la mirada siempre puesta en la cruz del Señor; allí
está nuestro único programa de vida", dijo.


Es, también, "una invitación a salir de todo aislamiento, a superar la tentación de la auto-referencia",
porque "la auténtica reconciliación entre los cristianos podrá
realizarse cuando sepamos reconocer los dones de los demás y seamos
capaces, con humildad y docilidad, de aprender unos de otros, sin
esperar que sean los demás los que aprendan antes de nosotros".


"Mirar hacia atrás es muy útil y necesario para purificar la memoria,
pero detenerse en el pasado, persistiendo en recordar los males
padecidos y cometidos, y juzgando sólo con parámetros humanos, puede
paralizar e impedir que se viva el presente", advirtió Francisco, quien
pese a las dificultades animó a esperar "un porvenir en el que las
divisiones puedan superarse y los creyentes, renovados en el amor, estén
plena y visiblemente unidos".


"Este año, mientras caminamos por el camino de la unidad, recordamos especialmente el quinto centenario de la Reforma protestante",
recordó el Papa, haciendo referencia al "Año Lutero". "El hecho de que
hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos un evento que ha
dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza, haciendo énfasis en
Jesús y en su obra de reconciliación, es un hito importante, logrado
con la ayuda de Dios y de la oración a través de cincuenta años de
conocimiento recíproco y de diálogo ecuménico", incidió.


 



 


Homilía del Papa:



El encuentro con Jesús en el camino de Damasco transformó
radicalmente la vida de san Pablo. A partir de entonces, el significado
de su existencia no consiste ya en confiar en sus propias fuerzas para
observar escrupulosamente la Ley, sino en la adhesión total de sí mismo
al amor gratuito e inmerecido de Dios, a Jesucristo crucificado y
resucitado. De esta manera, él advierte la irrupción de una nueva vida,
la vida según el Espíritu, en la cual, por la fuerza del Señor
Resucitado, experimenta el perdón, la confianza y el consuelo. Pablo no
puede tener esta novedad sólo para sí: la gracia lo empuja a proclamar
la buena nueva del amor y de la reconciliación que Dios ofrece
plenamente a la humanidad en Cristo.
Para el Apóstol de los gentiles,
la reconciliación del hombre con Dios, de la que se convirtió en
embajador (cf. 2 Co 5,20), es un don que viene de Cristo. Esto aparece
claramente en el texto de la Segunda Carta a los Corintios, del que se
toma este año el tema de la Semana de Oración por la Unidad de los
Cristianos: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia» (cf. 2 Co
5,14-20). «El amor de Cristo»: no se trata de nuestro amor por Cristo,
sino del amor que Cristo tiene por nosotros. Del mismo modo, la
reconciliación a la que somos urgidos no es simplemente una iniciativa
nuestra, sino que es ante todo la reconciliación que Dios nos ofrece en
Cristo. Más que ser un esfuerzo humano de creyentes que buscan superar
sus divisiones, es un don gratuito de Dios. Como resultado de este don,
la persona perdonada y amada está llamada, a su vez, a anunciar el
evangelio de la reconciliación con palabras y obras, a vivir y dar
testimonio de una existencia reconciliada.
En esta perspectiva,
podemos preguntarnos hoy: ¿Cómo anunciar el evangelio de la
reconciliación después de siglos de divisiones? Es el mismo Pablo quien
nos ayuda a encontrar el camino. Hace hincapié en que la reconciliación
en Cristo no puede darse sin sacrificio. Jesús dio su vida, muriendo por
todos. Del mismo modo, los embajadores de la reconciliación están
llamados a dar la vida en su nombre, a no vivir para sí mismos, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos (cf. 2 Co 5,14-15). Como nos
enseña Jesús, sólo cuando perdemos la vida por amor a él es cuando
realmente la ganamos (cf. Lc 9,24). Es esta la revolución que Pablo
vivió, y es también la revolución cristiana de todos los tiempos: no
vivir para nosotros mismos, para nuestros intereses y beneficios
personales, sino a imagen de Cristo, por él y según él, con su amor y en
su amor.
Para la Iglesia, para cada confesión cristiana, es una
invitación a no apoyarse en programas, cálculos y ventajas, a no
depender de las oportunidades y de las modas del momento, sino a buscar
el camino con la mirada siempre puesta en la cruz del Señor; allí está
nuestro único programa de vida. Es también una invitación a salir de
todo aislamiento, a superar la tentación de la auto-referencia, que
impide captar lo que el Espíritu Santo lleva a cabo fuera de nuestro
ámbito. Una auténtica reconciliación entre los cristianos podrá
realizarse cuando sepamos reconocer los dones de los demás y seamos
capaces, con humildad y docilidad, de aprender unos de otros, sin
esperar que sean los demás los que aprendan antes de nosotros.
Si
vivimos este morir a nosotros mismos por Jesús, nuestro antiguo estilo
de vida será relegado al pasado y, como le ocurrió a san Pablo, entramos
en una nueva forma de existencia y de comunión. Con Pablo podremos
decir: «Lo antiguo ha desaparecido» (2 Co 5,17). Mirar hacia atrás es
muy útil y necesario para purificar la memoria, pero detenerse en el
pasado, persistiendo en recordar los males padecidos y cometidos, y
juzgando sólo con parámetros humanos, puede paralizar e impedir que se
viva el presente. La Palabra de Dios nos anima a sacar fuerzas de la
memoria para recordar el bien recibido del Señor; y también nos pide
dejar atrás el pasado para seguir a Jesús en el presente y vivir una
nueva vida en él. Dejemos que Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf.
Ap 21,5) nos conduzca a un futuro nuevo, abierto a la esperanza que no
defrauda, a un porvenir en el que las divisiones puedan superarse y los
creyentes, renovados en el amor, estén plena y visiblemente unidos.
Este
año, mientras caminamos por el camino de la unidad, recordamos
especialmente el quinto centenario de la Reforma protestante. El hecho
de que hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos un evento que ha
dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza, haciendo énfasis
en Jesús y en su obra de reconciliación, es un hito importante, logrado
con la ayuda de Dios y de la oración a través de cincuenta años de
conocimiento recíproco y de diálogo ecuménico.
Mientras imploro a
Dios el don de la reconciliación con él y entre nosotros, saludo cordial
y fraternalmente a Su Eminencia el Metropolita Gennadios, representante
del Patriarcado Ecuménico, a Su Gracia David Moxon, representante
personal en Roma del Arzobispo de Canterbury, y a todos los
representantes de las distintas Iglesias y comunidades eclesiales aquí
presentes. Me complace saludar particularmente a los miembros de la
Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las
Iglesias ortodoxas orientales, a quienes deseo un trabajo fructífero en
la sesión plenaria que está teniendo lugar en estos días. Saludo
también a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey, que están
de visita en Roma para profundizar en su conocimiento de la Iglesia
Católica, y a los jóvenes ortodoxos y ortodoxos orientales que estudian
en Roma, gracias a las becas del Comité de Cooperación Cultural con las
Iglesias ortodoxas, que opera en el Consejo Pontificio para la Promoción
de la Unidad de los cristianos. A los superiores y a todos los
colaboradores de ese Dicasterio expreso mi estima y agradecimiento.
Queridos
hermanos y hermanas, nuestra oración por la unidad de los cristianos
participa en la oración que Jesús dirigió al Padre antes de la pasión,
«para que todos sean uno» (Jn 17,21). No nos cansemos nunca de pedir a
Dios este don. Con la esperanza paciente y confiada de que el Padre
concederá a todos los creyentes el bien de la plena comunión visible,
sigamos adelante en nuestro camino de reconciliación y de diálogo,
animados por el testimonio heroico de tantos hermanos y hermanas que,
tanto ayer como hoy, están unidos en el sufrimiento por el nombre Jesús.
Aprovechemos todas las oportunidades que la Providencia nos ofrece para
rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a
los más pobres y abandonados.



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