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Francisco, a los dominicos: “Continúen haciendo saborear la sana doctrina y el gusto del Evangelio”

Francisco, a los dominicos: “Continúen haciendo saborear la sana doctrina y el gusto del Evangelio”

(Jesús Bastante).- "También la verdad es enmascarada. Nos movemos en la así llamada 'sociedad liquida',
sin puntos fijos, desordenada, sin referencias sólidas y estables; en
la cultura de lo efímero, del usa y tira". La basílica de San Juan de
Letrán acogió esta tarde la clausura del Jubileo con motivo del octavo centenario de la Orden de Predicadores.


Ochocientos años predicando el Evangelio. La orden de Santo
Domingo de Guzmán, los dominicos, cumplen ocho siglos de camino. Una
fecha para celebrar, echar la vista atrás y caminar hacia el futuro,
como pidió el Papa a los dominicos: "Continúen haciendo gustar la sana doctrina y el gusto del Evangelio".


En su homilía, Francisco contrapuso "el carnaval de la curiosidad
mundana" y "la glorificación del Padre mediante las obras buenas".
"Nuestra vida se mueve siempre entre estos dos escenarios", subrayó el
Papa. Algo que también le sucedió a Santo Domingo, ochocientos años
atrás.


También "dos milenios atrás, los apóstoles del Evangelio se encontraban ante este escenario", que en nuestros días "se ha desarrollado mucho y globalizado a causa de la seducción del relativismo subjetivista", apuntó Bergoglio.


Y es que "la tendencia de la búsqueda de novedad propia del ser
humano encuentra el ambiente ideal en la sociedad del aparentar, del
consumo, en el cual muchas veces se reciclan cosas viejas, pero lo
importante es hacerlas parecer como nuevas, atrayentes, seductoras".
Algo similar ocurre con las certezas.


 



 


"¿Cómo se da este paso de la superficialidad casi-afectuosa a la
glorificación? Se da gracias a las buenas obras de aquellos que, se
hacen discípulos de Jesús, y son "sal" y "luz"", afirmó el Papa, quien insistió en que "en medio del 'carnaval' de ayer y hoy, esta es la respuesta de Jesús y de la Iglesia, esta es la base sólida en medio del ambiente "liquido":
las buenas obras que podemos realizar gracias a Cristo y a su Santo
Espíritu, y que hacen nacer en el corazón el agradecimiento a Dios
Padre, la alabanza, o al menos la maravilla y la pregunta: ¿Por qué?,
¿Por qué esta persona se comporta así?: la inquietud del mundo ante el
testimonio del Evangelio".


"Jesús lo dice muy claramente: si la sal pierde su sabor no sirve
para nada", advirtió Francisco. "¡Cuidado que la sal pierda su sabor! ¡Atención a una Iglesia que pierde el sabor! ¡Cuidado que un sacerdote, un consagrado, una congregación que pierde su sabor!"


Recordando los ochocientos años de los dominicos, el Papa trazó una historia "llena de luz y de la sal de Cristo". "Una obra al servicio del Evangelio, predicado con la palabra y con la vida;
una obra que, con la gracia del Espíritu Santo, ha hecho que muchos
hombres y mujeres sean ayudados a no perderse en medio del 'carnaval' de
la curiosidad mundana, sino en cambio hayan escuchado el gusto de la
sana doctrina, el gusto del Evangelio, y se hayan convertido, a su vez, en luz y sal, artesanos de obras buenas...
y los verdaderos hermanos y hermanas que glorifican a Dios y enseñan a
glorificar a Dios con las buenas obras de la vida", concluyó.


 



 


Texto completo de la homilía papal:




La Palabra de Dios hoy nos presenta dos escenarios humanos
opuestos: de una parte el "carnaval" de la curiosidad mundana; de la
otra, la glorificación del Padre mediante las obras buenas. Y nuestra
vida se mueve siempre entre estos dos escenarios. De hecho, ellos están
en toda época, como lo demuestran las palabras de San Pablo dirigido a
Timoteo (Cfr. 2 Tim 4,1-5). Y también Santo Domingo con sus primeros
hermanos, ochocientos años atrás, se movía entre estos dos escenarios.


Pablo advierte a Timoteo que deberá anunciar el Evangelio en un
contexto en que la gente busca siempre nuevos "maestros", "cuentos",
doctrinas diversas, ideologías... «Prurientes auribus» (2 Tim 4,3). Es
el "carnaval" de la curiosidad mundana, de la seducción. Por esto el
Apóstol instruye a su discípulo usando incluso verbos fuertes, como
"insiste", "advierte", "reprocha", "exhorta", y luego "vigila", "soporta
los sufrimientos" (vv. 2.5).


Es interesante ver como ya entonces, dos milenios atrás, los
apóstoles del Evangelio se encontraban ante este escenario, que en
nuestros días se ha desarrollado mucho y globalizado a causa de la
seducción del relativismo subjetivista. La tendencia de la búsqueda de
novedad propia del ser humano encuentra el ambiente ideal en la sociedad
del aparentar, del consumo, en el cual muchas veces se reciclan cosas
viejas, pero lo importante es hacerlas parecer como nuevas, atrayentes,
seductoras. También la verdad es enmascarada. Nos movemos en la así
llamada "sociedad liquida", sin puntos fijos, desordenada, sin
referencias sólidas y estables; en la cultura de lo efímero, del usa y
tira.


Ante este "carnaval" mundano resalta netamente el escenario opuesto,
que encontramos en las palabras de Jesús que hemos escuchado:
«glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mt 5,16). Y ¿cómo se da
este paso de la superficialidad casi-afectuosa a la glorificación? Se da
gracias a las buenas obras de aquellos que, se hacen discípulos de
Jesús, y son "sal" y "luz". «Así debe brillar ante los ojos de los
hombres - dice Jesús - la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos
vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mt
5,16).


En medio del "carnaval" de ayer y hoy, esta es la respuesta de Jesús y
de la Iglesia, este es la base sólida en medio del ambiente "liquido":
las buenas obras que podemos realizar gracias a Cristo y a su Santo
Espíritu, y que hacen nacer en el corazón el agradecimiento a Dios
Padre, la alabanza, o al menos la maravilla y la pregunta: ¿Por qué?,
¿Por qué esta persona se comporta así?: la inquietud del mundo ante el
testimonio del Evangelio.


Pero para que este "sacudón" suceda se necesita que la sal no pierda
el sabor y la luz no se esconda (Cfr. Mt 5,13-15). Jesús lo dice muy
claramente: si la sal pierde su sabor no sirve para nada. ¡Cuidado que
la sal pierda su sabor! ¡Atención a una Iglesia que pierde el sabor!
¡Cuidado que un sacerdote, un consagrado, una congregación que pierde su
sabor!


Hoy nosotros damos gloria al Padre por la obra que Santo Domingo,
lleno de la luz y de la sal de Cristo, ha realizado ochocientos años
atrás; una obra al servicio del Evangelio, predicado con la palabra y
con la vida; una obra que, con la gracia del Espíritu Santo, ha hecho
que muchos hombres y mujeres sean ayudados a no perderse en medio del
"carnaval" de la curiosidad mundana, sino en cambio hayan escuchado el
gusto de la sana doctrina, el gusto del Evangelio, y se hayan
convertido, a su vez, en luz y sal, artesanos de obras buenas... y los
verdaderos hermanos y hermanas que glorifican a Dios y enseñan a
glorificar a Dios con las buenas obras de la vida.



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