Pro Francisco

El Papa pide negociaciones en Siria, que pongan "para siempre la palabra fin a la guerra"

El Papa pide negociaciones en Siria, que pongan

(José M. Vidal).- Como es habitual, el Papa Francisco
aprovechó el discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa
Sede para hacer un balance del año concluido y analizar la situación
actual del mundo. En su larga disertación sobre "seguridad y paz", el
Papa clamó, de nuevo, por la paz en Siria, en Oriente Medio y en los
demás países del mundo, víctimas de la guerra. Y condenó el "terrorismo
fundamentalista" y pidió "acogida generosa para refugiados y
emigrantes".


El decano del cuerpo diplomático, Armildo dos Santos,
embajador de Angola, saluda al Papa y le agradece su servicio a la paz
en el mundo , asi como por su valentía por no recular ante los poderosos
del mundo, para predicar la dignidad de todos losseres humanos,
especialmente de los pobres, refugiados y emigrantes, y la misericordia.
"Nuestra misión es evitar los conflictos y la violencia".


Algunas frases del discurso del Papa Francisco


"Gracias por vuestra presencia tan numerosa y atenta"


"Hace un siglo, el mundo estaba en plena guerra mundial"


"Ha habibo formas de bienestar sin precedentes"


"Millones de personas viven en medio de conflictos insensatos"


"Incluso en lugares considerados seguros"


"El drama de los prófugos que escapan de su tierra"


"El tema de la seguridad y de la paz"


"Palabra de esperanza, que indique una perspectiva de camino"


"La paz es un don del Señor, aclamada por los ángeles en el momento del nacimiento de Cristo"


"La paz no es simple ausencia de guerra"


"Ha habido violencias religiosamente motivadas"


"Sanar las herida del pasado y caminar juntos hacia metas comunes"


"Diálogo auténtico entre las diversas ocnfesiones religiosas"


"Un diálogo posible y necesario"


"Colocar en el centro la dignidad de la persona humana"


"Terorrismo de matriz fundamentalista, que produjo numerosas víctimas en todo el mundo"


"Gestos viles, que utilizan los niños para matar"


"Una locura homocida, que abusa dlenombre de Dios para diseminar la muerte"


"No se puede jamás matar en nombre de Dios"


"El terrorismo fundamentalistas es fruto de una grave miseria espiritual"


"Reconocer la contribución positiva de las religiones"


"La paz es una virtud activa, que exige la colaboración de cada persona y de la sociedad"


"La paz es un edificio a construir continuamente"


"Edificarla requiere renunciar a la violencia, para reivindicar los propios derechos"


"La no violencia es un estilo político basado en el primado del derecho y de la vida de toda persona"


"La paz exige eliminar las injusticias"


"Estrecho vínculo entre justicia y paz"


"El perdón no se contrapone a la justicia"


"La misericordia como valor social"




"Dar vida a una cultura de la misericordia"


"Construir sociedades abiertas y acogedoras con los extranjeros"


"Ingentes flujos migratorios"


"Darles una acogida digna"


"Los emigrantes tienen el deber de respetar las leyes del país en el que son acogidos"


"Ofrecer una vida decorosa a los emigrantes"


"Los emigrantes no son números, son personas, con nombres, historias y familias"


"El problema migratorio no puede dejar indiferentes a algunos países"


"Agradecido a los países que, con generosidad, acogen a los necesitados, especialmente a Italia, Alemania, Grecia y Suecia"


"Siempre recordaré el viaje a Lesbos..."


"Emigrantes de Centroamérica..."


"Trata de personas, esclavitud moderna"


"Medidas contra la corrupción"


"El camino de la paz pasa a través del desarrollo"


"Hay demasiadas personas, especialmente niños, que sufren pobreza, incluso hambre"


"Los niños y los jóvenes son el futuro"


"No pueden ser olvidados"


"Atroz conflicto en Siria"


"Que se ponga en marcha una negociación seria que ponga para siempre la palabra fin al conflicto"


"La tregua, recientemente firmada, sea un signo de esperanza para todo el pueblo sirio"


"Denunciar el despreciable comercio de armas"


"Que se detenga la carrera armamentística"


"Enemiga de la paz es la ideología que fomenta el desprecio y el odio y ve al otro un enemigo a eliminar"


"La paz se conquista con la solidaridad"


"Sostener caminos de diálogos"


"Gestos valientes, incluso en Venezuela"


"Que se retome el diálogo entre israelíes y palestinos...pacífica convivencia de dos Estados"


"Todo el Medio Oriente necesita la paz"


"El diálogo es la úniva vía también en Europa"


"Europa está atravesando un momento decisivo de su historia"


"Aggiornar la idea de Europa y dar a luz un nuevo humanismo"


"La paz significa luchar por el cuidado de la creación"


"La paz es un don, un reto y un empeño"


"Exige la apasionada obra de toda persona de buena voluntad"


"El desarrollo integral es el nuevo nombre de la paz"


"Construir una paz auténtica"




Texto íntegro del discurso del Papa al cuerpo diplomático


Les doy la bienvenida y les agradezco su presencia tan numerosa y
fiel a esta cita tradicional, que nos permite manifestar recíprocamente
el deseo de que el año apenas iniciado sea para todos un tiempo de
alegría, de prosperidad y de paz. Me dirijo con un sentimiento de
especial reconocimiento al Decano del Cuerpo Diplomático, el
Excelentísimo Señor Armindo Fernandes do Espírito Santo Vieira,
Embajador de Angola, por las deferentes palabras que me ha dirigido en
nombre de todo el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, que
ha aumentado recientemente con el establecimiento de las relaciones
diplomáticas con la República Islámica de Mauritania, hace apenas un
mes.


Deseo igualmente agradecer a los numerosos Embajadores residentes
en la Urbe, cuyo número ha aumentado a lo largo del último año, así como
a los Embajadores no residentes, que con su presencia en el día de hoy
pretenden subrayar los vínculos de amistad que unen a sus pueblos con la
Santa Sede. Igualmente, quiero dirigir de modo especial un mensaje de
pésame al Embajador de Malasia, recordando a su predecesor, Dato' Mohd
Zulkephli Bin Mohd Noor, fallecido el pasado mes de febrero.


Durante el año transcurrido, las relaciones entre sus Países y la
Santa Sede han tenido ocasión de profundizarse aún más gracias a las
cordiales visitas de numerosos Jefes de Estado y de Gobierno, a veces en
concomitancia con los diversos encuentros que han marcado el Jubileo
Extraordinario de la Misericordia, recientemente concluido. Han sido
también varios los Acuerdos bilaterales firmados o ratificados, unos de
carácter general, dirigidos a reconocer el estatuto jurídico de la
Iglesia con la República Democrática del Congo, la República
Centroafricana, Benín y con Timor Oriental; otros de carácter más
específico, como el Avenant firmado con Francia, o la Convención en
materia fiscal con la República Italiana, que ha entrado recientemente
en vigor, a los que hay que añadir el Memorandum de Acuerdo entre la
Secretaría de Estado y el Gobierno de los Emiratos Árabes Unidos.


Además, en línea con el compromiso de la Santa Sede de cumplir con
las obligaciones asumidas en los acuerdos subscritos, se ha dado
también la plena actuación al Comprehensive Agreement con el Estado de
Palestina, que entró en vigor hace un año.


Estimados Embajadores.


Hace un siglo, el mundo se encontraba en medio del primer
conflicto mundial. Una inútil matanza,1 en la que las nuevas técnicas de
combate sembraban muerte y causaban enormes sufrimientos a una
población civil inerme. En 1917, el rostro del conflicto cambió
profundamente, adquiriendo una fisonomía cada vez más mundial mientras
surgían en el horizonte aquellos regímenes totalitarios que durante
mucho tiempo fueron causa de lacerantes divisiones. Cien años después,
muchas zonas del mundo pueden decir que se han beneficiado de
prolongados períodos de paz, que han favorecido unas oportunidades de
desarrollo económico y formas de bienestar sin precedentes.


Si hoy para muchos la paz les parece de alguna manera un bien que
se da por descontado, casi un derecho adquirido al que no se le presta
demasiada atención, para demasiadas personas esa paz es todavía una
simple ilusión lejana. Millones de personas viven hoy en medio de
conflictos insensatos. Incluso en aquellos lugares que en otro tiempo se
consideraban seguros se advierte un sentimiento general de miedo.


Con frecuencia nos sentimos abrumados por las imágenes de muerte,
por el dolor de los inocentes que imploran ayuda y consuelo, por el luto
del que llora un ser querido a causa del odio y de la violencia, por el
drama de los refugiados que escapan de la guerra o de los emigrantes
que perecen trágicamente.




Por eso quisiera dedicar el encuentro de hoy al tema de la
seguridad y de la paz, porque en el clima general de preocupación por el
presente y de incertidumbre y angustia por el futuro, en el que nos
encontramos inmersos, considero importante dirigir una palabra de
esperanza, que nos señale también un posible camino para recorrer.


Hace tan sólo unos días hemos celebrado la 50 Jornada Mundial de
la Paz, instituida por mi predecesor el beato Pablo VI, «como presagio y
como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino
de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico
equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura».2


Para los cristianos, la paz es un don del Señor, aclamada y
cantada por los ángeles en el momento del nacimiento de Cristo: «Gloria a
Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad»
(Lc 2,14). Es un bien positivo, «el fruto del orden asignado a la
sociedad humana»3 por Dios y «no es la mera ausencia de la guerra».4 No
se «reduce sólo al establecimiento de un equilibrio de las fuerzas
adversarias»,5 sino que más bien exige el compromiso de personas de
buena voluntad «sedientos de una justicia más perfecta».6


En esa línea, manifiesto la viva convicción de que toda expresión
religiosa está llamada a promover la paz. Lo he podido experimentar de
manera significativa en la Jornada Mundial de Oración por la Paz, que se
celebró en Asís el pasado mes de septiembre, durante la cual los
representantes de las diversas religiones se han encontrado para «dar
voz a los que sufren, a los que no tienen voz y no son escuchados»,7 así
como en mi visita al Templo Mayor de Roma o a la Mezquita de Bakú.


Sabemos que se ha cometido violencia por razones religiosas,
comenzando precisamente por Europa, donde las divisiones históricas
entre cristianos han durado mucho tiempo. En mi reciente viaje a Suecia,
quise recordar que tenemos una urgente necesidad de sanar las heridas
del pasado y de caminar juntos hacia metas comunes. En la base de ese
camino ha de estar el diálogo auténtico entre las diversas confesiones
religiosas.


Es un dialogo posible y necesario, como he tratado de atestiguar
en el encuentro que he tenido en Cuba con el Patriarca Cirilo de Moscú,
así como en los viajes apostólicos a Armenia, Georgia y Azerbaiyán,
donde he percibido la aspiración de aquellos pueblos a solucionar los
conflictos que desde hace años perjudican la concordia y la paz.


Al mismo tiempo, no debemos olvidar las muchas iniciativas,
inspiradas en la religión, que contribuyen, incluso a menudo con el
sacrificio de los mártires, a la construcción del bien común por medio
de la educación y la asistencia, sobre todo en las regiones más
desfavorecidas y en las zonas de conflicto. Tales obras contribuyen a la
paz y dan testimonio concreto de que, cuando se coloca en el centro de
la propia actividad la dignidad de la persona humana, es posible vivir y
trabajar juntos, a pesar de pertenecer a pueblos, culturas y
tradiciones diferentes.


Desgraciadamente, somos conscientes de que todavía hoy, la
experiencia religiosa, en lugar de abrirnos a los demás, puede ser
utilizada a veces como pretexto para cerrazones, marginaciones y
violencias. Me refiero en particular al terrorismo de matriz
fundamentalista, que en el año pasado ha segado la vida de numerosas
víctimas en todo el mundo: en Afganistán, Bangladesh, Bélgica, Burkina
Faso, Egipto, Francia, Alemania, Jordania, Irak, Nigeria, Pakistán,
Estados Unidos de América, Túnez y Turquía. Son gestos viles, que usan a
los niños para asesinar, como en Nigeria; toman como objetivo a quien
reza, como en la Catedral copta de El Cairo, a quien viaja o trabaja,
como en Bruselas, a quien pasea por las calles de la ciudad, como en
Niza o en Berlín, o sencillamente celebra la llegada del año nuevo, como
en Estambul.


Se trata de una locura homicida que usa el nombre de Dios para
sembrar muerte, intentando afirmar una voluntad de dominio y de poder.
Hago por tanto un llamamiento a todas las autoridades religiosas para
que unidos reafirmen con fuerza que nunca se puede matar en nombre de
Dios. El terrorismo fundamentalista es fruto de una grave miseria
espiritual, vinculada también a menudo a una considerable pobreza
social. Sólo podrá ser plenamente vencido con la acción común de los
líderes religiosos y políticos. A los primeros les corresponde la tarea
de transmitir aquellos valores religiosos que no admiten una
contraposición entre el temor de Dios y el amor por el prójimo.


A los segundos les corresponde garantizar en el espacio público el
derecho a la libertad religiosa, reconociendo la aportación positiva y
constructiva que ésta comporta para la edificación de la sociedad civil,
en donde la pertenencia social, sancionada por el principio de
ciudadanía, y la dimensión espiritual de la vida no pueden ser
concebidas como contrarias. A quien gobierna le corresponde, además, la
responsabilidad de evitar que se den las condiciones favorables para la
propagación de los fundamentalismos. Eso requiere adecuadas políticas
sociales que combatan la pobreza, y que requieren de una sincera
valorización de la familia, como lugar privilegiado de la maduración
humana, y de abundantes esfuerzos en el ámbito educativo y cultural.




En este sentido, acojo con interés la iniciativa del Consejo de
Europa sobre la dimensión religiosa del diálogo intercultural, que el
año pasado se ha centrado en el papel de la educación en la prevención
de la radicalización, que conduce al terrorismo y al extremismo
violento. Se trata de una oportunidad para profundizar en el papel que
tiene el fenómeno religioso y la educación en la pacificación real del
tejido social, necesaria para la convivencia en una sociedad
multicultural.


A este respecto, deseo expresar la convicción de que la autoridad
política no sólo debe garantizar la seguridad de sus propios ciudadanos
-concepto que puede ser fácilmente reducido al de un simple «vivir
tranquilo»-, sino que también está llamada a ser verdadera promotora y
constructora de paz. La paz es una «virtud activa», que requiere el
compromiso y la cooperación de cada persona y de todo el cuerpo social
en su conjunto.


Como advertía el Concilio Vaticano II, «la paz jamás es una cosa
del todo hecha, sino un perpetuo quehacer»,8 salvaguardando el bien de
las personas y respetando su dignidad. Construirla requiere en primer
lugar renunciar a la violencia en la reivindicación de los propios
derechos.9 Precisamente a este principio he dedicado el Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz de 2017, titulado: «La no violencia: un estilo
de política para la paz», para recordar sobre todo cómo la no violencia
es un estilo político basado en la primacía del derecho y de la
dignidad de toda persona.


Construir la paz requiere también que «se desarraiguen las causas
de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las
guerras»,10 empezando por las injusticias. Existe, de hecho, una íntima
relación entre la justicia y la paz.11 «Pero, -observaba san Juan Pablo
II- puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta,
expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe
ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las
heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas
(...).


El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, [sino]
tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la
tranquilidad del orden y que (...) pretende una profunda recuperación de
las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la
justicia y el perdón».12


Estas palabras, hoy más actuales que nunca, se han encontrado con
la disponibilidad de algunos Jefes de Estado o de Gobierno para acoger
mi invitación a tener un gesto de clemencia a favor de los encarcelados.
A ellos, como también a quienes trabajan para crear condiciones de vida
digna para los detenidos y favorecer su reinserción en la sociedad,
deseo expresarles mi especial reconocimiento y gratitud.


Estoy convencido de que para muchos el Jubileo extraordinario de
la Misericordia ha sido una ocasión particularmente propicia para
descubrir también la «incidencia importante y positiva de la
misericordia como valor social». 13 Cada uno puede contribuir a dar vida
a «una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del
encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con
indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los
hermanos».14


Sólo así se podrán construir sociedades abiertas y hospitalarias
para los extranjeros y, al mismo tiempo, seguras y pacíficas
internamente. Esto es aún más necesario hoy en día en que siguen
aumentando, en diferentes partes del mundo, los grandes flujos
migratorios. Pienso sobre todo en los numerosos refugiados y desplazados
en algunas zonas de África, en el Sudeste asiático y en aquellos que
huyen de las zonas de conflicto en Oriente Medio.


El año pasado, la comunidad internacional se vio interpelada por
dos importantes eventos convocados por las Naciones Unidas: la primera
Cumbre Humanitaria Mundial y la Cumbre sobre los grandes Desplazamientos
de Refugiados y Migrantes. Es necesario un compromiso común en favor de
los inmigrantes, los refugiados y los desplazados, que haga posible el
darles una acogida digna.


Esto implica saber conjugar el derecho de «cada hombre (...) a
emigrar a otros países y fijar allí su domicilio»15 y, al mismo tiempo,
garantizar la posibilidad de una integración de los inmigrantes en los
tejidos sociales en los que se insertan, sin que éstos sientan amenazada
su seguridad, su identidad cultural y sus propios equilibrios políticos
y sociales. Por otra parte, los mismos inmigrantes no deben olvidar que
tienen el deber de respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de
los países que los acogen.


Un enfoque prudente de parte de las autoridades públicas no
comporta la aplicación de políticas de clausura hacia los inmigrantes,
sino que implica evaluar, con sabiduría y altura de miras, hasta qué
punto su país es capaz, sin provocar daños al bien común de sus
ciudadanos, de proporcionar a los inmigrantes una vida digna,
especialmente a quienes tienen verdadera necesidad de protección. No se
puede de ningún modo reducir la actual crisis dramática a un simple
recuento numérico. Los inmigrantes son personas con nombres, historias y
familias, y no podrá haber nunca verdadera paz mientras quede un solo
ser humano al que se le vulnere la propia identidad personal y se le
reduzca a una mera cifra estadística o a objeto de interés económico.


El problema de la inmigración es un tema que no puede dejar
indiferentes a algunos países mientras que otros sobrellevan, a menudo
con un esfuerzo considerable y graves dificultades, el compromiso
humanitario de hacer frente a una emergencia que no parece tener fin.
Todos deberían sentirse constructores y corresponsables del bien común
internacional, incluso a través de gestos concretos de humanidad, que
son requisitos fundamentales para la paz y el desarrollo que naciones
enteras y millones de personas siguen aún esperando. Por eso, estoy
agradecido a todos los países que acogen generosamente a los
necesitados, comenzando por algunas naciones europeas, especialmente
Italia, Alemania, Grecia y Suecia.


Me quedará grabado para siempre el viaje que hice a la isla de
Lesbos, junto a mis hermanos el Patriarca Bartolomé y el Arzobispo
Jerónimo, donde vi y toqué con la mano la dramática situación de los
campos de refugiados, así como la humanidad y el espíritu de servicio de
muchas personas comprometidas en su asistencia. Tampoco se debe olvidar
la hospitalidad ofrecida por otros países europeos y de Oriente Medio,
como Líbano, Jordania y Turquía, así como el compromiso de diferentes
países de África y Asia. También en mi viaje a México, donde pude
experimentar la alegría del pueblo mexicano, me sentí cerca de los miles
de inmigrantes centroamericanos que sufren terribles injusticias y
peligros en su intento de alcanzar un futuro mejor, y que son víctimas
de extorsión y objeto de ese despreciable comercio -horrible forma de
esclavitud moderna- que es la trata de personas.


Enemiga de la paz es una «visión reductiva» del hombre, que abre
el camino a la propagación de la iniquidad, las desigualdades sociales y
la corrupción. Justo con relación a este último fenómeno, la Santa Sede
ha asumido nuevos compromisos, depositando formalmente, el 19 de
septiembre, el instrumento de adhesión a la Convención de las Naciones
Unidas contra la Corrupción, aprobada por la Asamblea General de las
Naciones Unidas el 31 de octubre de 2003.


En la encíclica Populorum Progressio, que este año celebra su
cincuenta aniversario, el beato Pablo VI recordó cómo estas
desigualdades provocan discordias. «El camino de la paz pasa por el
desarrollo»16 que las autoridades públicas tienen la obligación de
estimular y fomentar, creando las condiciones para una distribución más
equitativa de los recursos e incentivando oportunidades de trabajo,
sobre todo para los más jóvenes. En el mundo hay todavía muchas
personas, especialmente niños, que aún sufren por causa de una pobreza
endémica y viven en situaciones de inseguridad alimentaria -más bien, de
hambre- mientras que los recursos naturales son objeto de la ávida
explotación de unos pocos, desperdiciándose cada día enormes cantidades
de alimentos.




Los niños y los jóvenes son el futuro, se trabaja y se construye
para ellos. No podemos descuidarlos y olvidarlos egoístamente. Por esta
razón, como he advertido recientemente en una carta enviada a todos los
obispos, considero prioritaria la defensa de los niños, cuya inocencia
ha sido frecuentemente rota bajo el peso de la explotación, del trabajo
clandestino y esclavo, de la prostitución o de los abusos de los
adultos, de los pandilleros y de los mercaderes de muerte.17


Durante mi viaje a Polonia, con ocasión de la Jornada Mundial de
la Juventud, me encontré con miles de jóvenes llenos de entusiasmo y
ganas de vivir. He visto, en cambio, el dolor y el sufrimiento de muchos
otros. Pienso en los chicos y chicas que sufren las consecuencias del
terrible conflicto en Siria, privados de la alegría de la infancia y de
la juventud: desde la posibilidad de jugar libremente a la oportunidad
de ir a la escuela.


A ellos, y a todo el querido pueblo sirio, dirijo constantemente
mi pensamiento, a la vez que hago un llamamiento a la comunidad
internacional para que trabaje con diligencia para poner en marcha una
seria negociación, que ponga definitivamente fin a un conflicto que está
provocando un verdadero desastre humanitario. Cada una de las partes
implicadas ha de tener como prioridad el respeto del derecho humanitario
internacional, asegurando la protección de la población civil y la
necesaria ayuda humanitaria. El deseo común es que la tregua que se ha
firmado recientemente sea para todo el pueblo sirio un signo de la
esperanza que tanto necesita.


Esto requiere también que se hagan esfuerzos para erradicar el
despreciable tráfico de armas y la continua carrera para producir y
distribuir armas cada vez más sofisticadas. Causan un gran desconcierto
las pruebas llevadas a cabo en la Península coreana, que desestabilizan a
la región y plantean a la comunidad internacional unos inquietantes
interrogantes acerca del riesgo de una nueva carrera de armamentos
nucleares.


Siguen siendo actuales las palabras de san Juan XXIII en la Pacem
in terris cuando afirmaba que «la recta razón y el sentido de la
dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de
armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los
reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas».18 En tal
sentido, y también en vista de la próxima Conferencia de Desarme, la
Santa Sede trabaja por promover una ética de la paz y de la seguridad
que supere a la del miedo y de la «cerrazón» que condiciona el debate
sobre las armas nucleares.


También por lo que respecta a las armas convencionales, hay que
señalar que la facilidad con la que a menudo se puede acceder al mercado
de las armas, incluso las de pequeño calibre, además de agravar la
situación en las diversas zonas de conflicto, produce una sensación muy
extendida y generalizada de inseguridad y temor, que es más peligrosa en
los momentos de incertidumbre social y de profunda transformación como
el que vivimos.


La ideología, que se sirve de los problemas sociales para fomentar
el desprecio y el odio y ve al otro como un enemigo que hay que
destruir, es enemiga de la paz. Desafortunadamente, nuevas formas de
ideología aparecen constantemente en el horizonte de la humanidad.
Haciéndose pasar por portadoras de beneficios para el pueblo, dejan en
cambio detrás de sí pobreza, divisiones, tensiones sociales, sufrimiento
y con frecuencia incluso la muerte.


La paz, sin embargo, se conquista con la solidaridad. De ella
brota la voluntad de diálogo y de colaboración, del que la diplomacia es
un instrumento fundamental. La misericordia y la solidaridad es lo que
mueve a la Santa Sede y a la Iglesia Católica en su compromiso decidido
por solucionar los conflictos o seguir los procesos de paz, de
reconciliación y la búsqueda de soluciones negociadas a los mismos.


Llena de esperanza ver que algunos de los intentos realizados se
deben a la buena voluntad de tantas personas diferentes que se empeñan
de modo activo y eficaz en favor de la paz. Pienso en los esfuerzos
realizados en los últimos dos años para un nuevo acercamiento entre Cuba
y los Estados Unidos. También pienso en el esfuerzo llevado a cabo con
tenacidad, a pesar de las dificultades, para terminar con años de
conflicto en Colombia.


Este planteamiento busca fomentar la confianza mutua, mantener
caminos de diálogo y hacer hincapié en la necesidad de gestos valientes,
que son muy urgentes también en la vecina Venezuela, donde las
consecuencias de la crisis política, social y económica, están pesando
desde hace tiempo sobre la población civil; o en otras partes del mundo,
empezando por Oriente Medio, no sólo para poner fin al conflicto sirio,
sino también para promover una sociedad plenamente reconciliada en Irak
y en Yemen.


La Santa Sede renueva también su urgente llamamiento para que se
reanude el diálogo entre israelíes y palestinos, para que se alcance una
solución estable y duradera que garantice la convivencia pacífica de
dos Estados dentro de fronteras reconocidas internacionalmente. Ningún
conflicto ha de convertirse en un hábito del que parece que nadie se
puede librar. Israelíes y palestinos necesitan la paz. Todo el Oriente
Medio necesita con urgencia la paz.


También espero que se cumplan plenamente los acuerdos destinados a
restablecer la paz en Libia, donde es más urgente que nunca sanar las
divisiones de los últimos años. Del mismo modo, animo todos los
esfuerzos que en ámbito local e internacional estén destinados a
restaurar la convivencia civil en Sudán y en Sudán del Sur, en la
República Centroafricana, atormentados por continuos enfrentamientos
armados, masacres y devastaciones, así como en otras naciones del
Continente marcadas por tensiones e inestabilidad política y social.


En particular, espero que el reciente acuerdo firmado en la
República Democrática del Congo contribuya a hacer que los que tienen
responsabilidades políticas se esfuercen diligentemente para promover la
reconciliación y el diálogo entre todos los miembros de la sociedad
civil. Mi pensamiento se dirige también a Myanmar, de modo que se
promueva una convivencia pacífica y, con la ayuda de la comunidad
internacional, no se deje de atender a aquellos que están en grave y
urgente necesidad.


También en Europa, donde no faltan las tensiones, la
disponibilidad al diálogo es la única manera de garantizar la seguridad y
el desarrollo del Continente. Por tanto, celebro las iniciativas
destinadas a promover el proceso de reunificación de Chipre, que hoy
precisamente ve una reanudación de las negociaciones, mientras espero
que en Ucrania se sigan buscando con determinación soluciones viables
para la plena aplicación de los compromisos asumidos por las partes y,
sobre todo, para que se le dé una pronta respuesta a una situación
humanitaria que sigue siendo grave.


Toda Europa está atravesando un momento decisivo de su historia,
en el que está llamada a redescubrir su propia identidad. Para ello es
necesario volver a descubrir sus raíces con el fin de plasmar su propio
futuro. Frente a las fuerzas disgregadoras, es más urgente que nunca
actualizar la «idea de Europa» para dar a luz un nuevo humanismo basado
en la capacidad de integrar, de dialogar y de generar,19 que han hecho
grande al así llamado Viejo Continente.


El proceso de unificación europea, que comenzó después de la
Segunda Guerra Mundial, ha sido y sigue siendo una oportunidad única
para la estabilidad, la paz y la solidaridad entre los pueblos. Aquí
sólo puedo reiterar el interés y la preocupación de la Santa Sede por
Europa y su futuro, consciente de que los valores que han animado y
fundado este proyecto, del que este año se cumple el sexagésimo
aniversario, son comunes a todo el Continente y se extienden más allá de
la misma Unión Europea.


Excelencias, señoras y señores.


Construir la paz significa también trabajar activamente para el
cuidado de la Creación. El Acuerdo de París sobre el clima, que ha
entrado recientemente en vigor, es un signo importante de nuestro
compromiso común por dejar a los que vengan después de nosotros un mundo
hermoso y habitable. Espero que los esfuerzos realizados en los últimos
tiempos para abordar el cambio climático cuenten con una cooperación
más amplia por parte de todos, ya que la Tierra es nuestra casa común, y
es necesario tener en cuenta que las decisiones de cada uno repercuten
sobre la vida de todos.


Sin embargo, es evidente también que hay fenómenos que sobrepasan
la capacidad de la acción humana. Me refiero a los numerosos terremotos
que han golpeado a algunas regiones del mundo. Pienso sobre todo en los
que se produjeron en Ecuador, Italia e Indonesia, que han provocado
numerosas muertes y donde todavía muchas personas viven en condiciones
muy precarias. Pude visitar personalmente algunas zonas afectadas por el
terremoto en el centro de Italia, donde he comprobado las heridas que
el terremoto ha causado en una tierra rica en arte y cultura, he podido
compartir el dolor de tanta gente, junto con su valor y determinación
para reconstruir todo lo que se ha destruido.


Espero que la solidaridad que ha unido al querido pueblo italiano
en las horas siguientes al terremoto, siga animando a toda la Nación,
especialmente en estos delicados momentos de su historia. La Santa Sede e
Italia están particularmente ligadas por obvias razones históricas,
culturales y geográficas. Ese vínculo se ha apreciado con claridad en el
año jubilar y agradezco a todas las Autoridades italianas por su ayuda
en la organización de este evento, también para garantizar la seguridad
de los peregrinos que llegaron de todo el mundo.
Estimados Embajadores.


La paz es un don, un desafío y un compromiso. Un don porque brota
del corazón de Dios; un desafío, porque es un bien que no se da nunca
por descontado y debe ser conquistado continuamente; un compromiso, ya
que requiere el trabajo apasionado de toda persona de buena voluntad
para buscarla y construirla. No existe, por tanto, la verdadera paz si
no se parte de una visión del hombre que sepa promover su desarrollo
integral, teniendo en cuenta su dignidad trascendente, ya que «el
desarrollo es el nuevo nombre de la paz»,20 como recordaba el beato
Pablo VI.


Por tanto, este es mi deseo para el próximo año: que crezcan en
nuestros países y sus pueblos las oportunidades para trabajar juntos y
construir una paz verdadera. Por su parte, la Santa Sede, y en
particular la Secretaría de Estado, estarán siempre dispuestas a
cooperar con todos los que trabajan para poner fin a los conflictos
abiertos y para dar apoyo y esperanza a las poblaciones que sufren.


En la liturgia pronunciamos el saludo «la paz esté con vosotros».
Con esta expresión, prenda de abundantes bendiciones divinas, les
renuevo a ustedes, distinguidos miembros del cuerpo diplomático, a sus
familias, a los países que representan, mis mejores deseos para el Año
Nuevo.
Gracias.


1 BENEDICTO XV, Carta a los jefes de los pueblos beligerantes, 1 agosto 1917: AAS IX (1917), 423.
2 PABLO VI,Mensaje para la celebración de la I Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 1968.
3 CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (GS), 7 diciembre 1965, 78.
4 Ibíd.
5 Ibíd.
6 Ibíd.
7 Discurso en la Jornada Mundial de Oración por la Paz, Asís, 20 septiembre 2016.
8 GS, 78.
9 Cf. Ibíd.
10 Ibíd., 83.
11 Cf. Sal 85, 11 e Is 32, 17.
12
JUAN PABLO II, Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz: No hay
paz sin justicia, no hay justicia sin perdón,1 enero 2002.
13 Carta apostólica Misericordia et misera, 20 noviembre 2016, 18.
14 Ibíd., 20.
15 JUAN XXIII, Carta encíclica Pacem in terris, 11 abril 1963, 25.
16 PABLO VI, Carta Encíclica Populorum Progressio, 26 marzo 1967, 83.
17 Cf. Carta a los Obispos en la fiesta de los Santos Inocentes, 28 diciembre 2016.
18 N. 112.
19 Cf. Discurso en la entrega del Premio Carlo Magno, 6 mayo 2016.
20 PABLO VI, Populorum Progressio, 87.


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